domingo, julio 02, 2006

A JUAN SALVADOR GAVIOTA



Recorre el día en su carrera urgente.
No se detiene, vive cada instante.
Lo asedia el escozor de las palabras huecas;
mas no se inmuta pues comprende a su bandada.
La eternidad presiente entre sus alas.
Vive para triunfar y muerde el aire con su boca.
Sobre su frente el viento despedaza la mediocridad.
Vuela por el cielo, abanderado de lunas.
y entrega su dicha al vuelo razante.
(Sabe que nunca nacerá de nuevo, y por lo tanto...)

Allí, donde la mar copula con la arena,
de soledad se nutre
y se alimenta de otro polvo
y a sus pares les gana la batalla.

Ya descastado luce su penacho almidonado
y trasciende el locus de la recta
hasta morar en lo infinito.

Invisible a las saetas que esgrimen los templarios
emitiendo un graznido de paz
que llega a las estrellas,
en una cresta de mar se acuesta
y sueña,
mientras el nuncio de la muerte se acalambra.

El obedece a un sistema inmunològico
muy propiamente de sales saturadas
en cuánto que no teme a las bacterias
ni a los gérmenes del hambre
y no se infecta con pensar en otro día...
¡Tan sólo juega y ensaya en el azul
con descubrirse un ave diferente!

Es tu victoria, Juán, la que sostiene el mundo.
Es tu tesón, la dicha del andar
tan formidablemente entre cabriolas por los cielos...
A ti, Juán Salvador, te digo:

¡Esa revolución de plumas
que tiñe el firmamento de pasiones,
y que viles huracanes no pueden empardar siquiera,
permanece para siempre
en los febriles corazones de aquellos que te amamos.

Tu pluma está en lo alto
para escribir desde lo eterno,
ya reciclando el verso,
ya devolviendo el númen a la palabra.