(Emulando a Quevedo)

No, mis ojos, podrá la misteriosa
dama nublar de sombras cuando el día,
cansado de morar en la apatía
regale su bostezo a la luctuosa.
Ni me doblegará la oscura diosa
el ser, ni romperá de mi la estría
con su afilada daga en mi agonía
cuando mis huesos huelan ya la fosa.
Desataré mi aliento huracanado
y barreré los cardos que plantaron
las viejas tradiciones en el suelo.
Seré del campo el trigo y el arado,
el hijo de los hombres que soñaron
y alumbraré la tierra desde el cielo.
