
No habrán de ser cien leguas de viaje submarino,
ni setecientas yardas, ni náuticos mil nudos
los que por ti tendré que navegar -opino-
en este mar perenne rompiendo los escudos,
barreras hechas muros por el sin par destino.
Yo venceré la cresta, pariré mis estornudos
y dejaré mi huella tan fresca al peregrino...
y por la simple impronta, serán los labios mudos.
A ti, mi Dulcinea, daré mi corazón
pletórico de amor, de amor caballeresco.
A ti, mi Dulcinea, mi corazón ofrezco
con alma de poeta, muriendo de ternura,
plasmando en el papel mi gozo y calentura
en este oficio dónde, no cabe la razón.
