
En el himen de la siesta,
con paciencia de obrera
y con urdimbre de seda,
solitaria, la araña teje
su estancia maja
sobre el alfeizar;
procurando atrapar
en sus hebras
el vuelo rasante de una presa,
¡el infortunio de la mosca!
Su vida como un imaginario ovillo
enreda la siesta de caprichos y telas
en una red que expande con su alquimia
en titánica agonía y en febril contoneo
¡Y se ha quedado viuda de esperar
en su laberinto de seda
a que la vida comprenda su sino,
ese entripado delirio, de parir y matar!
Por eso la araña, se dice,
ha perdido la testa
pergeñando una trama maestra
en su lecho nupcial;
y en un rito ceremonial
¡como perfección de su gozo!
ha comido en bocados celosos
a quien fuera su amante, ¡la presa!
En el himen de la siesta,
con paciencia de obrera
y con urdimbre de seda,
solitaria, la araña, teje
su estancia maja
sobre el alfeizar;
procurando atrapar
en sus hebras,
el vuelo rasante de una presa,
¡el infortunio de la mosca!
